Título del cuento: Él firmó el TTIP

Si te dijera que estamos siendo colonizados, probablemente me tratarías de convencer de que eso en occidente no es posible y que me replanteara mi opinión. Todos entendemos la colonización como un acto violento en el que un país es invadido por otro, basándonos en el conocimiento histórico que tenemos de las colonizaciones de países europeos en Sudamérica, África o Asia, sobre todo en los siglos pasados. Incluso las más recientes intervenciones estadounidenses en países de Oriente Medio.

Hoy me propongo ampliar la visión que tenemos de colonización:

la que se lleva a cabo a través de la seducción.

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Imagen propiedad de valoresdigital.es

Erase una vez, en una comunidad de vecinos…

1.- Planteamiento:

El presidente de tu comunidad te informa, en la reunión de vecinos, de que ha firmado un acuerdo, sin consultarte, por el que yo llenaré tu nevera cada día; a cambio, tú solamente deberás dejar tu puerta abierta de par en par para que yo pueda entrar a cumplir mi parte del trato.

¿Hasta aquí estamos de acuerdo? Todo parecen ventajas, ¿no?

2.- Primeros resultados:

Pasado un tiempo, tú decides que ya no quieres comer más la comida que yo te llevo porque incluye productos transgénicos que son perjudiciales para la salud, y decides cerrarme la puerta. Estás en tu derecho (o eso crees).

3.- Consecuencias:

Yo acudiré al presidente de tu comunidad a exigirle que te obligue a mantener tu puerta abierta o me tendrá que indemnizar en la cuantía que yo estime que pierdo ante tu arrebato.

Supuestamente, este era un acuerdo en el que nadie perdía nada, de hecho, yo me estaría ahorrando la comida que te llevo directa a tu casa. ¿Por qué me enfado entonces y pido que me indemnicen? Bueno, al presidente se le olvidó informarnos de que no nos podíamos negar a dejar nuestra puerta abierta de par en par.

Todos los vecinos pedirán al presidente que acuda a un juzgado a denunciar el abuso, pero no podrá, porque en la letra pequeña del acuerdo ponía que el trato estará sujeto a un ‘tribunal privado’ que me dará la razón, seguramente, porque quien habrá incumplido el compromiso serás tú al cerrarme la puerta.

Entonces, el presidente de la comunidad tendrá dos opciones: obligarte a mantener tu puerta abierta de par en par hasta que yo quiera, o coger los fondos de la comunidad e indemnizarme, con lo que la caja común se quedará vacía.

4.- Daños colaterales:

Si te obliga a mantener la puerta abierta, acabarás por revelarte, causando disturbios en la comunidad. El presidente se verá obligado a reprimirte tu deseo de comer sano enviando a la policía, pues los tratos están para cumplirlos.

Pero si el presidente decide salvaguardar tu derecho, tus vecinos te odiarán por haber querido defender tu derecho a alimentarte de forma sana, porque habrá que indemnizarme y, por tanto, habrá que despedir a la señora de la limpieza y apagar la luz de la escalera de forma permanente; no podrá regar los jardines porque no podrá permitirse el gasto de agua, y pedirán cada día que no haya una avería en la escalera en mucho tiempo porque no podrán repararla.

¿Qué opción consideras que es la mejor que podría tomar el presidente de tu comunidad?

Y lo más importante, ¿quién protegerá tu derecho a comer sano?

FIN.

Personajes invitados:

Yo: EEUU-UE

Tú: España

Presidente de la comunidad: presidente del Gobierno de España

Comunidad de vecinos: Españoles

Tribunal privado: la nueva forma de justicia marcada por el TTIP

Mónica Cillán.

Título del cuento: Él firmó el TTIP

Conclusiones ante la incoherencia.

Yo contribuí a la situación actual de nuestro país desde el primer momento en que no cuestioné vuestras palabras. Pero hoy tengo algo que deciros:

No son vuestras acciones, es vuestra hipocresía lo que me molesta, la misma que desdice vuestros argumentos. No hace falta rascar, pues ya supura por todas partes. La honestidad es un trapo viejo deshilachado al que le queda apenas un hilo, y vuestras palabras cambian de significado dibujando pensamientos distorsionados. Ni los colores son los que eran cuando los emborronáis con vuestros actos. Hay razones para la estupefacción más absoluta y es la impotencia lo que lleva a la sinrazón, momento justo para detenerse a analizar lo que está ocurriendo.

En mi opinión, los crímenes han tornado en actos de estado, en atentados a la dignidad humana, en ajusticiar a quienes ejercen las libertades. Humilláis la inteligencia con propaganda simple, con un lenguaje barato, vulgar, como si os dirigierais a una audiencia incapaz, irracional, acrítica. Manejáis los altavoces de la ignominia con la esperanza de que os sigan aquellos a los que tratáis como ratas, a los que tratáis como peleles de vuestras baratijas. No podéis pretender que yo mire donde señala vuestro dedo para dejar de mirar el precipicio al que me estáis abocando y, además, pretender salir indemnes.

Da igual si alguna vez fuisteis capaces, da igual si en algún momento fueron buenas las intenciones o si lo siguen siendo, porque subirse al escenario del paternalismo más macabro solo tiene resultados temporales.

Dejad de indicarme el camino y de marcarme la agenda del pensamiento, se que vuestro dios es el poder y rezarle supone perder la equidad necesaria para ser justo. No espero nada de vosotros, ni siquiera compasión por la miseria moral y económica en la me hacéis nadar, porque no habéis sido capaces de robarme la botella de oxígeno, ni de coserme los ojos, ni de taponarme los oídos y se bien que en ello pusisteis, ponéis, pondréis todo el empeño.

A mi alrededor se nota el caos en el que os gustaría vernos, en el que os regocijáis cuando apreciáis el resultado de vuestras artimañas. Habláis heroicamente de mayorías silenciosas, como si el silencio fuera vuestro aliado. El silencio es cómplice muchas veces, sí, pero muchas otras es prudencia, a veces miedo, y casi siempre inteligencia. No hagáis vuestro el silencio de quienes son prudentes, pues la prudencia no concede, solo observa; no hagáis vuestro el silencio de los que tienen miedo, ese solo les pertenece a ellos; ni el de la inteligencia, pues os demostrará que callar no es humillarse ni hincar la rodilla. Vuestro, solo es el silencio cómplice, el de aquellos que callan porque otorgan, el de quienes salen beneficiados con vuestra usura, el de las personas que os creen a pesar de todo, demasiadas veces por fe en vuestra palabra, y muchas otras por fe en vuestra retórica de primaria, como me pasó a mí. Pero si fui capaz de llegar a esta conclusión, errónea o acertadamente, no fue por mi capacidad intelectual, ni porque hayan venido otros a señalaros, fue porque un buen día apliqué, a vuestra actitud política, una reflexión sobre la incoherencia que aplico en mi día a día:

Si los actos no concuerdan con las palabras,

lo que miente son las palabras,

los actos no saben disimular.

Mónica Cillán.

Conclusiones ante la incoherencia.