La necesidad y el vicio de mentir

 

No sé cuál es la razón última que elige un individuo para optar por la mentira. No en esos casos de vida o muerte, sino en cosas cotidianas, pequeñas, absurdas incluso. Lo cierto no es que sean determinantes en mi forma de comprender, de conocer, incluso de admirar, es algo más sutil, parecido a la inofensiva gota que golpea sin descanso una dura roca para acabar horadándola.

Entiendo que se deben sopesar, en décimas de segundo, las consecuencias de decir la verdad y el saldo sale desfavorable, eligiendo (como opción menos comprometida y, a priori, con menos efecto, la mentira). A corto plazo quizá sea así, se sale ileso del trance y airosamente continúa la vida. Con lo que no cuenta el mentiroso es con la información que capta el mentido, con la percepción de la situación, con las conclusiones de sus deducciones. Se olvida del contexto y de las conexiones neuronales que sus palabras desencadenan (muchas veces sin ser pretendido por el mentido).

Nuestro cerebro almacena datos, datos, datos y más datos. Los guarda ahí, sin función aparente, hasta que son rescatados por alguna palabra, situación, suceso…, por alguna mentira que pone en alerta todo el sistema.

El cerebro no tiene la conciencia de estar siendo engañado, pero avisa de que algo no encaja con los datos que posee. Se hace preguntas, te hace hacerte preguntas. Activa los sensores, el sentimiento de leve angustia, la maquinaria de la razón y la lógica, agudiza los sentidos y queda expectante a la siguiente reacción que confirme o desmienta.

Si la siguiente reacción viene a desmentir la sensación de estar siendo engañado, los síntomas desaparecen inmediatamente, los datos vuelven a encajar y todo sigue su curso. Pero si la siguiente reacción viene a confirmar las sospechas, el cerebro aumenta su actividad buscando el dato que consiga que todo encaje y si, efectivamente, la mentira ha existido, esa pieza no aparece y el cerebro enciende la luz de peligro.

Un caso aislado quedaría ahí, sin más, porque a efectos prácticos quizá ni siquiera te importe que te estén mintiendo. Pero ese dato, relacionado con la persona que lo provoca, queda grabado. Y la alarma, esta vez la de la precaución, volverá a saltar con el simple hecho de relacionar lo escuchado con la misma persona, la misma voz, la misma situación… Y cada vez que mienta, oculte o tergiverse la información que te proporcione, será como una de esas gotas inofensivas que caerán sobre la (en apariencia) imperturbable roca de la confianza.

Mónica Cillán

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